El ejercicio del poder
- jzalles3
- 1 dic 2022
- 3 Min. de lectura

Alguna vez pregunté a un grupo de mis alumnas en la universidad si pensaban que tenían o no poder, y todas respondieron que no. Y entonces les pregunté si alguna de ellas nunca le había dicho a ese pobre penitente que estaba locamente enamorado de ella que, por ejemplo, saldrían a la hora que ella quisiera, o irían o no a una fiesta según si ella quisiera o no, y algunas de ellas sonrieron y otras se rieron, tal vez reconociendo por primera vez, o tal vez solo admitiendo lo que no habían querido admitir antes, que sí, en efecto, tienen, a veces, inmenso poder. El recuerdo de ese gracioso momento me ha llevado a reflexionar sobre los diversos modos de ejercicio del poder.
Se da, por supuesto, su ejercicio puro y bruto, al estilo de los inhumanos lanzamientos de
misiles por tropas rusas, cada día, no contra blancos militares ucranianos que en la a veces
absurda usanza de las convenciones de guerra se describen como “blancos legítimos”, sino
contra plantas generadoras de electricidad, estaciones de tren, edificios residenciales, y en
los límites más viles y condenables, contra escuelas y hospitales. O al estilo de aquellos
maridos, embrutecidos, o más embrutecidos, por el alcohol, que llegan a casa y le propinan
buena paliza a sus mujeres por el solo atrevimiento de reclamarles, o por negarse a
satisfacer sus apetitos sexuales, para ellas repugnantes en esas circunstancias, o
simplemente porque al desgraciado le da la gana de propinársela. O al estilo del matón de
escuela o del barrio que golpea solo para mostrar que es más fuerte, casi siempre
inconsciente del hecho que su prepotencia no es más que un triste mecanismo de
compensación por su abrumador sentido de inseguridad e insuficiencia.
Pero no es solo a golpes y con violencia, sea la de los misiles o la de los puños, que el
poder es ejercido. Exploro a continuación algunas de las otras maneras, unas más y otras
menos sutiles.
Hay quienes lo ejercen a través de conceder o negar, de forma explícita, incluso caprichosa,
algo que otra persona desea o necesita. Puede ser un permiso que papá o mamá concede o
niega a un hijo, una vacación o un aumento que el jefe concede o no a un subalterno, o la
aprobación rápida o el estancamiento de un trámite por una autoridad burocrática, que
constituye una de las bases más comunes de la corrupción de pacotilla … no la de las
coimas inmensas y los megaproyectos que terminan en elefantes blancos y en incrementos
pavorosos de la deuda externa, sino la de pequeñas raterías pagadas, literalmente, bajo la
mesa. Tal vez la más triste de estas formas de ejercicio del poder consiste en conceder o
negar, caprichosamente, el afecto, la ternura, a veces nada más que una simple sonrisa.
Más sutil, y a veces más efectivo, es el ejercicio del poder no a través de acciones explícitas
– golpes, violencia, o la concesión o no de permisos, aumentos, aprobaciones o afectos –
sino a través de la mera amenaza de cualquiera de esas posibles acciones. Un niño golpeado
unas cuantas veces aprende a ser muy cuidadoso con lo que dice y hace, y lo que no dice y
no hace, para evitar provocar un nuevo golpe. Las mujeres víctimas de hombres abusivos y
golpeadores aprenden asimismo a evitar contradecir, contrariar, dejar de satisfacer, y viven
en la eterna turbulencia interior de tratar de adivinar cuál va a ser la próxima exigencia, y
de ingeniarse maneras para tratar de satisfacerla. Incluso aquel pobre penitente, enamorado hasta la médula de los huesos, aprende a decirle a la joven objeto de sus ilusiones que está bien, que saldrán cuando ella diga que quiere salir, e irán a la fiesta o no según si ella quiere o no.
Una de las realidades profundamente destructivas de las relaciones humanas es la muy
frecuente tendencia de las personas a evitar conflictos. Resulta más entendible esa nociva
tendencia cuando nos damos cuenta que, con mucha frecuencia, ese evitamiento es el
resultado de una u otra de estas maneras perversas de ejercer el poder que terminan por
intimidar y establecer relaciones en las cuales, quienes así lo ejercen, se imponen y
dominan.
Hace muchos años propuse, y hoy vuelvo a proponer, un mandamiento adicional a los ya
muy bien establecidos: No abusarás de tu poder.
Quito, 30 de noviembre de 2021



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